Onírico, de Maximiliano Martín Gonzalez

elidiomadelospajarosRecuerdan este libro del que algo había comentado, pues bien, aquí un cuento para que lean :-)

(Los cuentos cortos constituyen para escritores modernos un campo de pruebas, un espacio en papel donde poner en tinta todo lo mejor de sí. En tanto, para su buen nombre, es la carta de presentación, una invitación a su gran obra, una llamada a lo que está por llegar.
He aquí la segunda entrega de experimentos literarios de Maximiliano Nicolás Martín González; un túmulo selecto de historia lisérgicas, fantásticas y nostálgicas al tiempo que extrañas.)

Onírico

 
Habíamos llegado hasta dónde el dolor nos pedía llegar. Era el paso previo a extinguirnos para siempre, más por deseo de destruir lo logrado que por la naturaleza misma de aquella situación. 
 
Fui mi propia aguja y mi propia carne perforada. 
 
Estaba donde tú estabas, pero no nos habíamos encontrado aún. Nos soñábamos mutuamente. En el espacio onírico veíamos nuestros rostros; sabríamos reconocerlos si nos cruzáramos, pero no nos distinguíamos del todo el uno al otro, éramos el chico y la chica del sueño. 
 
Nos amábamos, nos odiábamos y nos buscábamos pero no lográbamos interesarnos lo suficiente como para que la búsqueda, el amor y el odio valieran lo suficiente la pena como para dar resultado. 
 
Esa vez, con un ligero dolor de cabeza de por medio, decidí irme a dormir temprano. En otro de los tantos rincones del planeta no habías encontrado compañía aquella noche y decidiste dormir también a la misma hora. Entre ruidos difusos y voces resonando en el aire, una sensación de tranquilidad me apartaba al silencio. Entre tantas nubes negras, una luz se filtraba esclareciéndolo todo. 
 
Desde aquel lado, soñabas tú. Soñabas la desesperanza de no encontrar a nadie, soñabas para buscarme, para encontrarme mientras yo soñaba para dejarme encontrar. 
 
La aguja volvía a atravesar mis músculos y mi gesto de dolor llamaba tu atención. En cuanto te acercaste, la misma aguja se clavó sobre ti, sobre todas tus partes. La aguja se multiplicó por mil, te hirieron y luego me hirieron a mí. 
 
Mis nubes envolvieron las puntas hasta hacerlas desaparecer y se evaporaron en el aire, dejándome estacionado en medio de la nada. Tu luz envolvió tus puntas, hizo el mismo proceso y ambos quedamos flotando en la inexistencia del territorio. Todo era el vacío porque el vacío resultó serlo todo. 
 
Descubriste y descubrí que mis agujas eran tus agujas, que mi carne herida era envuelta por mi oscuridad y la tuya por tu luz. Tus luminarias y mis sombras cumplían el mismo objetivo curador. 
 
Nos despertamos antes de cruzarnos por última vez en la ciudad, habiendo olvidado lo soñado e incapaces de recordar ¡Qué fugaz es todo lo que parece tan eterno y cuán eterno es aquello que debiera ser fugaz! 
 
Repetí ese sueño varios días sin que tú lo repitieras. 
 
Me permitía el lujo de observarte dormida mientras tú mirabas hacia otro lejano lugar. De pronto, ya no estábamos dónde habíamos estado: el paisaje era distinto. 
 
Yo entraba a una habitación, gris, vacía, con un sólo escritorio como detalle único mientras tú revolvías las hojas de una carpeta detrás del banco. Señalas una página, me nombras y yo me acerco. Me señalas con el índice una foto entre otras tantas y regresamos al sueño anterior. 
 
Alejo las luces que comenzaban a dominarme, invoco las nubes, las tomo con mis manos y las bajo sobre nosotros. 
 
Aparezco en la habitación, releyendo archivos y entre tantas fotografías, encuentro otra. La señalo con el dedo, leo tu nombre en voz alta. Al nombrarte, te acercas al escritorio y regresamos al sueño anterior. 
 
Tomas las nubes, comienzas a alejarlas, invocas las luces, las tomas con las manos y las vuelcas sobre nosotros. 
 
El lugar cambia nuevamente: es el mismo escritorio, con un asiento a cada lado. Frente a frente nos mirábamos intentando dilucidar el misterio que ambos guardamos. 
 
Tomas la misma carpeta de los instantes anteriores, extraes una página, la guardas y me devuelves la cantidad restante. Tomo el conjunto, busco uno de los archivos, lo guardo para mí y destruyo el material que sobra. 
 
De tu página, recortas rústicamente una fotografía: es tu cara. Yo hago el mismo proceso con mi hoja y mi cara. Intercambiamos fotografías y nos desvanecemos, tal vez para siempre. 
 
Ya despiertos volvemos a vernos en la ciudad. Nos encontramos conocidos de algún lado. Nos ignoramos y seguimos nuestros rumbos, pero sabemos que no podemos sernos indiferentes. 
 
Una fotografía en mi bolsillo me demuestra que en verdad has existido. Una fotografía en tu cartera te demuestra que yo existí. 
 
Nos devolvemos, nos miramos, nos sonreímos y luego, por la noche, volvemos a soñarnos. 
 
Somos el sueño que soñamos, aunque nunca seamos nada.
[Este cuento fue Extraído de El Idioma de los Pájaros]
©Maximiliano Nicolás Martín González, 2012

Pueden ver más del autor Maximiliano Nicolás Martín González en su blog

maximiliano martin gonzalez

 

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