Miedo Pánico Terror

Miedo
Pánico
Terror

 por Veronika

¿Alguien no ha conocido alguna de estas emociones?¿Alguien no las ha conocido todas?

Desde un simple exámen, pasando por la primer cita, la entrevista laboral, la factura de gas invernal, hasta llegar a ese retrato polvoriento que hay colgado en cierta pared en casa de nuestra abuela, si uno mira ese retrato a medialuz, les aseguro, una sonrisa grotesca aparece súbitamente; infinidad de situaciones pueden provocarnos pavor y hacernos temblar como si nuestro esqueleto no fuese más que un recuerdo.

Y, claro, todo empieza en la infancia. Las primeras pesadillas, los gritos enmudecidos, los sudores nocturnos.
Cuando era pequeña, mis hermanos menores solían acercarse a mi cuarto a mitad de la noche. Si un mal sueño interrumpía su descanso, o el recuerdo de aquella película de terror vista a escondidas saltaba sobre su almohada, llegaban sigilosos hasta mi cama. Era eso o acudir a mamá, pero ella compartía el lecho con alguien más: papá. Éste, sin ser demasiado estricto, consideraba como un acto de cobardía mayúsculo el que uno se sometiera al miedo; nada de dormir acompañado o compartir cama, cada uno en su lugar y, como toda luz, el uso de la razón. Esta situación tenía un agravante, que mi padre, por pertenecer a una fuerza de seguridad y estar acostumbrado a realizar guardias nocturnas, tenía el sueño muy ligero… Con lo cual cualquier intento de incursión en su habitación podía ser descubierto antes de lograr su cometido: despertar a mamá y arrastrarla hasta nuestra cabecera. Es por todo esto que mis hermanos usaban el recurso de la hermna mayor. Pero también se les presentaba un problema conmigo, le temían a mi habitación.Repleta de adornos, libros viejos, muñecas y muñecos, les parecía que la mitad de los objetos que habían en ella cobraban vida al caer la noche. Entonces, la mejor solución era llevarme hasta su propio cuarto, persuadida por sus ruegos llorosos y susurrantes.
Pero a decir verdad, no eran ellos los únicos que tenían miedo. Y, en más de una ocasión, yo misma me sentí agradecida de poder abandonar aquellos ojos que se volvían extremadamente brillantes en la oscuridad… O aquel rechinar de la puerta del viejo armario. A veces, sin embargo, no me quedaba más que repetir el viejo ritual de niña aterrorizada en la oscuridad. Aferrarme a la sábanas con fuerza y llevarlas por encima del mentón, y cerrar los ojos como si mi vida dependiera de ello… Hasta que, sea lo que fuere, que yo sentía ahí parado junto a mí, desapareciese. Y mientras, sentir el golpeteo incesante de mi corazón bombeando a todo vapor, el leve sudor humedeciendo mi frente, y mis nudillos convertidos en blancas piedritas de espanto.
¡El amanecer qué benévolo se nos presenta tras noches como ésas!. Un bálsamo piadoso se derrama desde la ventana con la claridad del día. Descanso al fin.

Afortunadamente, los años han pasado… Ahora puedo encender la luz a mi antojo… Y, ¿por qué no? ponerme a leer un relato de terror con fantasmas a los que nada les debo, y vampiros que sólo beben sangre, y no sueños.

 

“La larva”

de Rubén Darío
Como se hablase de Benvenuto Cellini y alguien sonriera de la afirmación que hace el gran artífice en su Vida, de haber visto una vez una salamandra, Isaac Codomano dijo:

-No sonriáis. Yo os juro que he visto, como os estoy viendo a vosotros, si no una salamandra, una larva o una ampusa.
Os contaré el caso en pocas palabras.
Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó, con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa,ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se apareció a un joven y le reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia quedó rica, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó a una mujer por una ventana, en cierta casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano peluda y enorme que se aparecía asola, como una infernal araña. Todo eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos.
En aquella ciudad, semejante a ciertas ciudades españolas de provincia, cerraban todos los vecinos las puertas a las ocho, y a más tardar, a las nueve de la noche. Las calles quedaban solitarias y silenciosas. No sé oía más ruido que el de las lechuzas anidadas en los aleros, o el ladrido de los perros en la lejanía de los alrededores.
Quien saliese en busca de un médico, de un sacerdote, o para otra urgencia nocturna, tenía que ir por las calles mal empedradas y llenas de baches, alumbrado apenas por faroles de pétroleo que daban luz escasa colocados en sendos postes.
Algunas veces se oían ecos de música o de cantos. Eran las serenatas a la manera española, las arias y romanzas decían, acompañadas con la guitarra, las ternezas románticas del novio a la novia.Esto variaba desde la guitarra sola y el novio cantor, de pocos posibles, hasta el cuarteto, septuor, y aún orquesta completa y un piano, que tal o cual señorete adinerado hacía sonar bajo las ventanas de la dama de sus deseos.
Yo tenía quince años, un ansia grande de vida y de mundo. Y una de las cosas que más ambicionaba era poder salir a la calle, e ir con la gente de una de esas serenatas. Pero ¿cómo hacerlo?
La tía abuela que cuidó de mi niñez, una vez rezado el rosario, tenía cuidado de recorrer toda la casa, cerrar bien todas las puertas, llevarse las llaves y dejarme bien acostado bajo el pabellón de mi cama. Más un día supe que por la noche habría una serenata. Más aún: uno de mis amigos, tan joven como yo, asistiría a la fiesta, cuyos encantos me pintaba con las más tentadoras palabras. Todas las horas que precedieron a la noche las pasé inquieto, no sin pensar y preparar mi plan de evasión. Así, cuando se fueron las visitas de mi tía abuela- entre ellas un cura y dos licenciados- que llegaban a conversar de política o jugar al tute o al tresillo, y una vez rezadas las oraciones y todo el mundo acostado, no pensé sino en poner en práctica mi proyecto de robar una llave a la venerable señora.
Pasadas como tres horas, ello me costó poco pues sabía en dónde dejaba las llaves, y además, dormía como un bienaventurado. Dueño de la que buscaba, y sabiendo a qué puerta correspondía, logré salir a la calle, en momentos en que, a lo lejos, comenzaban a oírse los acordes de violines, flautas y violoncelos. Me consideré un hombre. Guiado por la melodía, llegué pronto al punto donde se daba la serenata. Mientras los músicos tocaban, los concurrentes tomaban cerveza y licores. Luego, un sastre, que hacía de tenorio, entonó primero A la luz de la pálida luna, y luego Recuerdas cuando la aurora… Entro en tantos detalles para que veáis cómo se me ha quedado fijo en la memoria cuanto ocurrió esa noche para mí extraordinaria. De las ventanas de aquella Dulcinea, se resolvió ir las de otra. Pasamos por la plaza de la Catedral. Y entonces… He dicho que tenía quince años, era en el trópico, en mí despertaban imperiosas todas las ansias de la adolescencia… Y en la prisión de mi casa, de donde no salía sino para ir al colegio, y con aquella vigilancia, y con aquellas costumbres primitivas… Ignoraba, pues, todos los misterios.Así,¡cuál no sería mi gozo cuando, al pasar por la plaza de la Catedral, tras la serenata, vi, sentada en una acera, arropada en su rebozo, como entregada al sueño, a una mujer! Me detuve.
¿Joven?¿Vieja?¿Mendiga?¿Loca?¡Qué me importaba! Yo iba en busca de la soñada revelación, de la aventura anhelada.
Los de la serenata se alejaban.
La claridad de los faroles de la plaza llegaba escasamente. Me acerqué. Hablé; no diré que con palabras dulces, más con palabras ardientes y urgidas. Como no obtuviese respuesta, me incliné y toqué la espalda de aquella mujer que no quería contestarme y hacía lo posible por que no viese su rostro. Fui insinuante y altivo. Y cuando ya creía lograda la victoria, aquella figura se volvió hacia mí, descubrió su cara, y ¡oh espanto de los espantos! aquella cara estaba viscosa y deshecha; un ojo colgaba sobre la mejilla huesona y saniosa; llegó a mí como un relente de putrefacción. De la boca horrible salió como una risa ronca; y luego aquella “cosa”, haciendo la más macabra de las muecas, produjo un ruido que se podría decir así:
-¡Kgggggg!…
Con el cabello erizado, di un gran salto, lancé un gran grito. Llamé.
Cuando llegaron algunos de la serenata, la “cosa” había desaparecido.
Os doy mi palabra de honor, concluyó Isaac Codomano, que lo que os he contado es completamente cierto.

Extraído de "Verónica y otros cuentos fantásticos" de Rubén darío, Editorial Alianza, 1995.
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2 respuestas a “Miedo Pánico Terror

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